Estoy en el sector de El Hueco, de Guayaquil donde me encuentro con Eduardo, que había regresado de la Semana Santa en Granada.
Con la consabida pregunta de si había ido gente como el año anterior, le pido que me cuente la Semana Santa, pero especialmente lo que ocurre aparte de los sermones y las procesiones. Comienza a contarme, muy emocionado:
“Desde las horas de la mañana del jueves se ha comenzado a ver más de la gente acostumbrada. Cada persona mide a su modo la cantidad de gente que llegará:
“siempre ha llegado como gentecita, ¿cierto? se dicen los unos a los otros, mientras de los buses y carros particulares comienzan a bajar los visitantes en la Variante, y corren presurosos a la casa donde irán a pasar los días santos.”
Contáme hombre, Eduardo, cómo estuvo la Procesión del Prendimiento, que tantos hombres de distintas edades llevaba y que salía de los lados del cementerio:
“Esta vez, desde el atrio de la iglesia de arriba, comienzan a desfilar sólo los hombres, hacia la parte de atrás del templo, como dos serpientes iluminadas. Empieza la gente a medio organizarse, mientras por las cuatro cornetas se oyen las oraciones que durarán todo el trayecto.
Desde las aceras y balcones, las mujeres hacen un inventario de todos los hombres que desfilan esa noche:
“Aquel de la ruana blanca, es lo más de zalamero”.
“Ese narizón no falta al lado de la mujer” ¡Ni cuidado pondrán!
“Oíste pues, ¿Huber “Tatús” y “Pistiador” están todavía en la banda de los judíos?
“Qué pasará pues, que ya Floro no se ve en este desfile, pero por ahí viene Amaya, cantando”.
“En una de estas fue que Otilia consiguió novio el año pasado”.
“Lo que soy yo, no me quedo solterona; hay muchos pa´escoger, mija”.
“Oíste… ¿y Jaleo, Birucho y Darío Caravana sí vendrán en este desfile?... ¡O se irían pa' otra parroquia”!”
Pero que esperen las muy graciosas, -digo yo-, que el sábado, en la Procesión de La Soledad, en la que sólo desfilan mujeres, nos toca la “criticadera” es a los hombres. ¡Y pobrecitas si de pronto llueve, porque a ellas sí se les va a dañar el peinado y a corrérseles el maquillaje! ¡De manera que ni las conoceremos!
“No se ponga a pensar malas cosas, que vengo arrepentido de Semana Santa”, dice Eduardo.
“Sigo pues: De pronto comienza a oler como a chamuscado y todos nos miramos la ruana o los busos, para ver si es la ropita que están quemando.
¡Claro! ¡Es que como también van niños, sus velas tienen exacta la altura para comenzar a quemarnos las puntas de las ruanas!
Comienza entonces a largarse un aguacerito lo más de maluquito y las dos largas culebras se deforman aún más, pues los hombres comienzan a subirse, unos a las aceras y otros siguen su marcha mojándose y ofreciendo esto como un sacrificio de Semana Santa.
Los apóstoles también empiezan a mojarse y, por supuesto a ponerse más pesados… Y ahí es donde comienzan a sufrir los cargadores, pues algunos de ellos, llenos de buena voluntad pero no de estatura, se ofrecen, de manera que en cada esquina del aparato que lleva al santo, queda gente muy dispareja y se queda bamboleando, de modo que “de milagro” no se cae.
Pero eso no es todo: ante la lluvia, los muchachos se meten debajo del anda, o tabla’o comiendo chicle, mangos y bolis, para escamparse, lo que hace mucho más difícil la marcha de los penitentes, quienes tienen que sufrir los pisotones, exactamente donde uno tiene el juanete o el callo inflamado.
Los cirios, prendidos hasta ese momento, comienzan a inundarse y apagarse, de forma que las humildes velas, por tener menos superficie dónde caerles el agua ,no se apagan y bregan a prender los orgullosos y ostentosos velones que demorarían semanas en acabarse aunque estuvieran prendidos las 24 horas del día”.
¿Y no hubo algún incidente mayor en la marcha?
“Delante de mí comienza a caerse la gente lo más de raro: es que por mirar a las muchachas que desde un balcón, están vacilando o llamando la atención de los varones que desfilamos en la procesión, y como venimos “encandelilla’os” por la luz de las velas, no vemos un hueco y sólo lo sentimos cuando caemos como fichas de dominó: uno encima del otro de adelante, que apenas se está comenzando a parar.
Las carcajadas de las muchachas hacen que el desfile en ese trayecto se transforme en una fiesta, mientras cinco hombres antes sanos, ahora seguimos la procesión cojeando por el golpe en las espinillas, con las ruanas llenas de esperma y de sobremesa, embarrados.
Lloviendo aún y con Jesús preso, se llega a la iglesia de donde había partido la procesión”.
Bueno, eso es lo del Jueves Santo; pero, siga contándome lo del Viernes Santo, que la otra vez, siempre se iba la luz en las horas del desayuno, porque todos estaban cocinando y planchando la ropa para la procesión.
“Esta vez ya la luz no se fue. Desde las primeras horas del día la gente empezó a hacer ligerito el desayuno, para ir a las 10:30 a “La Sentencia” en la plaza, donde los Piedrahítas han liderado la hechura de los Monumentos.
Estrenando “percha”, ropa o “encapilla’o” la gente en la calle sigue cuadrándose el vestido, mirándose las medias veladas, medio cojeando por los zapatos estrechos y cuadrándose el pelo recién peinado y fijado con laca Yip.
Caifás, Anás y Herodes ven a Jesús como un loco y como tal lo tratan; Alonso Giraldo, el Pilatos por muchos años, presionado por la turba, le incumple la palabra empeñada a Claudia (¡esposa mía!), sueltan a Barrabás, en un intercambio in-humanitario, Judas se cuelga de un balcón y Jesús es condenado a muerte… de Cruz (qué horror y error judicial).
Se escucha un sermón de dolor, hecho por José de Arimatea; anunciando desgracias para quienes intervinieron en ese crimen de lesa humanidad.
Sale la procesión con el condenado y por la estrecha Calle de la Amargura (que es carrera), mientras cantan “Por mí, señor inclinas, el cuello a la sentencia, que a tanto la clemencia pudo llegar, de Dios…”; sube por la calle de las cooperativas (la Wall Street granadina), sigue su lento caminar de dos horas por la calle (o carrera) de Benjamín Castaño y Eduardo “Chuspas” y se sigue cantando lenta y dolorosamente el vía crucis.
Al llegar a la iglesia “de arriba”, aún no han terminado las 14 estaciones del vía crucis y se espera para las 7 palabras.
En la noche, el vía crucis continúa, predicado por los sacerdotes, algunos de ellos oradores profesionales invitados”.
¿Y qué más, hombre Eduardo?
“Un viejito rezandero que tiene la cabeza de dos colores como un zorrillo y que huele a lo mismo, pero muy vivito, se acerca al escaño lleno de gente sentada. En él están dos niños de entre 7 y 9 años (uno de ellos con gafitas). En un momento dado, estos se arrodillan y cuando se van a sentar, ¡ya su puesto está ocupado por el viejo!”
¡Viejito descarado, que cree que porque reza la iglesia es de él! -comento-.
“Eso digo yo. Ellos apenas se miran, cuchichean me miran y miran al señor, quien se hace el bobo. Ahí se quedan sentaditos en la tabla, hasta que empieza el Evangelio. Como en éste el viejorro se tiene que de pie, ¡los chiquillos logran recuperar su puesto!
Yo les levanto el dedo pulgar, animándolos por verraquitos”.
¡Muy bueno, porque los niños también tienen derechos!
“Sigo pues, y no me interrumpa. El hombre se quedó parado, pero alerta; porque al ratico se pararon dos niñitas e inmediatamente ocupó su puesto, para ponerse muy seriamente… ¡a dormir!
Finalmente, en medio de truenos, temblores y sonidos de tambor y trompetas, muere Jesucristo. (Ahí sí despierta el viejito del cuento).
Es bajado de la cruz con todos los honores, se desfila con el Santo Sepulcro al templo de abajo (o iglesia filial) y es depositado en una tumba, previamente diseñada. (Y ahí está la mano artística de Víctor “Lira”).”
Y el sábado Santo, ¿qué vio?
“El sábado es de adoración al Santo Sepulcro: los niños, como polillas, hacen ronda en torno a los candelabros que contienen infinidad de cirios y velones encendidos.
En grupitos, las familias hacen "La Pasión” que es un recuento de todo lo pasado hace
ya casi dos mil años, por allá en Jerusalén, pero que tan cerca de Granada sentimos.
En la calle, comienzan a verse ya algunos borrachitos que quieren no hacerse notar, pero que en su mirada y sus pasos descoordinados se delatan.
La música de los bailaderos hoy sí suena, aunque criticada por algunos (o muchos) que consideran que estamos de luto y que el reggeton y la Pasión de Cristo, son como el agua y el aceite: no se pueden mezclar.
En la noche se hace una larga ceremonia que ni por larga asusta a la gente: porque una pareja campesina joven arrima con ¡seis hijos!, el mayor de los cuales escasamente llega a los nueve añitos.
Y sucede lo previsible: de entre ellos, sentados en el suelo y jalándose las greñas, “aruñándose” los "inconos", colgándose del papá para que los entregue a la mamá y los cargue, sale un olor producido por la mala digestión y ahí es donde uno queda loco, porque no se atreve a taparse, ya que dicen que “el que primero lo siente, debajo lo tiene” ¡y en este caso sí puedo asegurar que no fui yo!
Un taburetico que había llevado para aguantar la predicación, de puro pesar se lo tuve que prestar a la pobre señora que ya tenía dos hijos con sueño; entre tanto, el marido (con chaqueta y todo) apenas sonreía, mientras el sacerdote hablaba en el sermón sobre justicia social”.
¡Qué tipo tan descarado con la pobre mujer; mejor dicho me está dando como rabiecita!
“A mí también. Como me tuve que quedar parado oyendo el sermón, una de las niñas sentada en el suelo coge como recostadero mis piernas, y no me puedo mover, porque si lo hubiera hecho, de seguro la niña, que se durmió plácidamente, para atrás cuan corta era, hubiese caído..
A pesar de que Cristo fue enterrado en la iglesia filial, sale resucitado de la iglesia parroquial. Otro milagro de la resurrección: la traslación.
Con música alegre salen adelante los apóstoles, cargados de la misma manera que el Jueves Santo, pero más veloces y contentos; detrás vienen la banda marcial, por la que tanto se esmeró Eva Tamayo (q.e.p.d) y cerrando el desfile, aparece el elegantísimo Resucitado, seguido por la virgen María vestida ya no de negro como el Viernes Santo, sino de blanco alegre. Baja el desfile a la plaza… y comienza a normalizarse el día:
Los más atrasados, apenas vamos a comprar el tiquete a la Flota Granada; pero ya se acabaron. “tocará esperar un bus adicional”- me dice allá el hijo de don Arcesio.
Comemos alguna cosita, nos damos los respectivos abrazos, ¡despidiéndonos de la Semana Santa y de Granada!”
Gracias hombre, Eduardo, por contarme la parte menuda de lo que pasa en una Semana Santa granadina, aunque por lo que veo, usted, por “sopero” no logró ni una indulgencia, aunque se haya mojado todo!
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